¿Y SI NO ME DUELE?
- Janin Cerdà

- 12 ago
- 4 Min. de lectura
El duelo silenciado y la culpa por no sentir.

El duelo no siempre llega con lágrimas. A veces se presenta con una extraña calma, con una rutina que continúa casi sin sobresaltos, con una aparente indiferencia que incomoda tanto al que la vive como a quienes lo rodean. “Debería estar destrozada”, “No he llorado nada, ¿qué me pasa?”, “¿Será que no lo quería tanto?” son frases que escuchamos —y nos decimos— cuando el duelo no responde a lo que la cultura espera.
Pero… ¿y si no me duele? ¿Es posible vivir un duelo sin dolor aparente? ¿Qué pasa cuando la pérdida no remueve lo que “se supone” que debería remover?
Las formas no visibles del duelo
Vivimos en una cultura que nos ha enseñado cómo “debería” ser un duelo: llorar mucho, estar tristes, necesitar consuelo, sentir vacío. Estas ideas, aunque comprensibles, están muy marcadas por ciertos guiones emocionales que no siempre se ajustan a cada experiencia.
El duelo, como reacción ante una pérdida significativa, puede adoptar formas muy distintas: desde una tristeza profunda hasta una especie de anestesia emocional, pasando por el alivio, la rabia, la confusión o incluso la sensación de que “no ha pasado nada”. Hay personas que no sienten el dolor de inmediato, sino mucho después. O que lo viven de forma contenida, sin manifestaciones visibles. También hay quienes sienten más culpa que tristeza, o incluso una especie de liberación. Y todo eso también es duelo. Debemos tener en cuenta, que cada persona tiene una historia, una regulación emocional y unos mecanismos de protección.
Además, unido a la tanatofobia presente en nuestra cultura, podemos conocernos poco ante estas situaciones tan adversas y necesitar un tiempo de adaptación. La culpa por “no sentir” Uno de los grandes conflictos de quienes atraviesan un duelo silenciado es la culpa. Culpa por no estar tristes. Culpa por no haber llorado. Culpa por haber seguido adelante “demasiado rápido”. Culpa por no cumplir con el ideal de sufrimiento esperado.
Esta culpa se agudiza cuando la pérdida está socialmente cargada de expectativas (la muerte de un padre, de una pareja, de una madre…), o cuando otras personas del entorno sí están mostrando su dolor de manera visible. En ese contraste, quien no siente lo mismo puede preguntarse si hay algo roto dentro de sí, si es una persona fría, insensible o “inhumana”.
Lo habitual es que las personas más allegadas asusten a la persona doliente “verás lo que vas a vivir a partir de ahora”, “vas a sufrir mucho, tienes que cuidarte”. Por eso, cuando no empiezan a sentir lo esperado, puede causar más sufrimiento. Pero la realidad es que no hay una única forma legítima de transitar el
duelo.
A veces, la relación con la persona fallecida era ambivalente. O ya se había producido un distanciamiento emocional mucho antes. O hubo tanto dolor en vida que la muerte se percibe como un cierre o una liberación, por ejemplo: un duelo anticipado. En estos casos, el duelo no desaparece, pero toma otras formas. Más silenciosas, más íntimas. A menudo menos reconocidas y, por tanto, más solitarias.
El duelo anticipado y las defensas psíquicas
Otro motivo por el que a veces “no duele” es porque el duelo ya ha empezado mucho antes de la pérdida formal. Cuando alguien enferma durante mucho tiempo, por ejemplo, la persona que acompaña puede vivir un duelo anticipado: el cuerpo sigue presente, pero el vínculo ya está cambiando, ya se está despidiendo en silencio. Cuando la pérdida finalmente ocurre, la mente y el corazón llevan tiempo preparándose.
También es importante considerar las defensas psíquicas. La mente humana, especialmente ante impactos emocionales intensos, puede protegerse a través de la desconexión emocional, la disociación o el aplanamiento afectivo. No es que no sintamos, es que todavía no podemos sentir, si fuésemos totalmente conscientes en ese momento, sería devastador. Es un mecanismo de supervivencia que permite seguir funcionando hasta que haya condiciones internas y externas más seguras para elaborar la pérdida.
El duelo que no cabe en el molde
Muchas veces, lo que vivimos no encaja en el molde cultural del duelo. No solo por cómo lo sentimos (o no lo sentimos), sino por quién se ha perdido. Un ex con quien no hablábamos hace años. Una madre con quien hubo una relación marcada por el maltrato. Un aborto espontáneo en secreto. Una mascota que fue compañera durante media vida. Un vínculo no reconocido socialmente (una relación secreta, una amistad intensa, un amante).
Estos duelos “no autorizados” suelen vivirse en soledad, porque el entorno no les da legitimidad. Y sin esa legitimidad, muchas veces ni siquiera nos damos permiso para sentir lo que sentimos.
No todo duelo se llora, pero todo duelo merece respeto
Hay que abrir espacio para hablar de estas otras formas de duelo. Las que no hacen ruido. Las que no se ven. Las que conviven con la culpa, el desconcierto o la calma. Porque en el fondo, todo duelo es una forma de amor. Y el amor también puede expresarse en silencio.
Dar espacio a lo que haya
Si estás viviendo un duelo silenciado, ambivalente o extraño… no estás sola. El duelo no necesita seguir un patrón. No hay tiempos correctos, ni formas universales, ni emociones obligatorias.
Sentir alivio no te hace mala persona. No llorar no significa que no amabas. A veces el duelo se manifiesta más adelante, cuando menos lo esperamos. Otras veces se queda flotando en el cuerpo, como una niebla suave. Y está bien. Tú decidirás si quieres acudir a terapia o no es necesario.
Lo más importante no es cumplir con una idea de “duelo adecuado”, sino escuchar lo que de verdad está ocurriendo en ti. Sin juicios. Sin presiones. Con honestidad. Y si hay algo que no puedes nombrar sola, busca un espacio seguro para hacerlo: una terapia, una escritura, una conversación con alguien que sepa acompañar sin imponer, Rumbo hacia tu Bienestar.





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